|
BRUNETE EN LA MEMORIA |
||||
|
BATALLA DE
BRUNETE - GUERRA CIVIL ESPAÑOLA - Julio 1937 |
||||
|
|
||||
|
Ultima
Revisión: 19/11/2011 |
||||
|
|
||||
|
|
A
BALDOMERO, MI ABUELO
Mi abuelo durante el servicio militar Durante toda mi vida
estuve escuchando en mi casa, de boca de mi abuela, las penas que pasaron
ella y su familia durante la guerra y también en la posguerra. Quizá la que más sufrió fue ella,
ya que con solo veintitrés años y llevando uno de casados a mi abuelo lo
mandaron al frente a luchar contra los nacionales. Ella siempre me contaba lo divertido que
era mi abuelo y lo enamorados que estaban. Aunque ya habían pasado muchos
años era incapaz de hablar de él sin que se le saltaran las lágrimas. De aquella unión tan breve nació mi madre
en agosto de 1937, aunque él no la llegó a conocer porque en julio de 1937 mi
abuela dejó de tener noticias suyas: nunca volvió, nunca tuvo constancia de
si estaba vivo o muerto. Vivió y murió con el interrogante de lo que le había
podido ocurrir a su marido. Mi madre creció huérfana pero con
el cariño de mi abuela y con el de la familia de su padre. Nunca supo qué fue
de él. Solo se sabía que estuvo en Brunete y allí se perdió su rastro. Una vez la guerra terminó apareció por casa un hombre
que dijo haber estado con él en la Línea de la Concepción en un campo de
trabajo. Los hermanos de mi abuela viajaron del pueblo -Montesa en Valencia-
hasta la Línea pero no consiguieron encontrar nada, ninguna pista sobre
él. Al cabo de diez años, gracias al
falso testimonio de un combatiente del pueblo, mi madre pudo conseguir la
pensión de orfandad, ya que declaró haberlo visto muerto en el campo de
batalla.
Pasó el tiempo y mi abuela murió
con la incógnita sobre el paradero o el destino de su marido. A veces mi madre me decía que tal vez
hubiese perdido la memoria y estaría, Dios sabe dónde, con otra familia.
También ella tenía la esperanza que apareciese por casa.
Cuando tuve conocimiento de la
aprobación de la Ley de la Memoria Histórica y que se podía intentar
recuperar u obtener información sobre gente desaparecida en la guerra, empezó
a rondarme por la cabeza la posibilidad de indagar acerca de lo que el
destino le había deparado a mi abuelo. Pensé más en mi madre que en mí. Tenía
la oportunidad de hacerle el mejor regalo de mi vida: averiguar que pasó con
su padre, cerrar ese interrogante que le perseguía durante toda su vida. Con esa idea me puse manos a la obra: la
verdad es que todo nos vino muy rodado. Preguntando a personas que creía
podían orientarme en el tema conseguí ponerme en contacto con esta web y con
Ernesto, que según me informaron, estaba muy involucrado en el tema y es un
estudioso de la Batalla de Brunete, así que teniendo en cuenta que allí se
perdió el rastro de mi abuelo, decidimos comenzar por ahí. Hablé con él y le conté los poquísimos
datos de los que disponía: su nombre y apellidos y donde había sido
supuestamente visto por última vez.
Quiero señalar que Ernesto es uno de los miembros de un grupo de
personas dedicadas a la recuperación de información y datos de gente
desaparecida en la guerra, entre otras actividades. Ellos son Jorge, Mari,
Ángel y Ernesto. Me dijo que eran muy pocos los datos
pero que intentarían hacer lo posible por encontrar alguna pista. Y así fué.
Al cabo de seis meses recibí una llamada que jamás pensé que se
produciría. Me llamó y con una emoción que se le reflejaba en la voz dijo:
“Carmen hemos encontrado a Baldomero”. Me tuve que sentar porque las piernas
se me aflojaron. No sabía que decir, me parecía una broma, pero cuando
conseguí serenarme me contó todo lo que debía saber y empezamos a tener
esperanzas de encontrar sus restos. Me
dijo que disponía del certificado de defunción y que podía llamar al registro
civil de donde lo habían conseguido y me lo mandarían. Efectivamente así
fue. El registro civil era de Hoyo de
Manzanares, cerca de Brunete, ya que allí fue donde quedó instalado el
Hospital de sangre y a todos los heridos graves en el frente los trasladaron
allí. Cuando se producían las bajas éstas quedaban registradas en el Registro
Civil del pueblo. Supuestamente los enterraban en el cementerio de Hoyos,
pero cuesta creer que un cementerio tan pequeño pudiese albergar la cantidad
de cuerpos que cayeron en la batalla.
En el certificado se puede leer “habrá de recibir sepultura en el
cementerio de esta localidad”. Yo esperaba el momento de tener el
certificado en mis manos para comunicarle la noticia a mi madre, pero las
ganas de compartir esto con ella pudieron más y al día siguiente quedé con mi
madre. Le dije: “tengo que darte una
noticia, siéntate”. Ella se lo tomó un
poco a broma pero cuando le comenté que era algo serio empezó a preocuparse.
“Hemos encontrado al abuelo”. Me miró con la boca entreabierta y los ojos
como platos estuvo así unos segundos: no podía reaccionar. Seguidamente
estalló en un llanto incontrolable al tiempo que balbuceaba las preguntas:
¿dónde?, ¿cómo?, ¿que le pasó? No me dejaba responder. Todas las preguntas que se había estado
haciendo durante toda su vida empezaban a tener respuesta. Al cabo de poco tiempo concertamos
un encuentro con Ernesto: queríamos conocer todos los detalles posibles de
los hechos que acontecieron alrededor de la muerte de mi abuelo. Viajamos mi
madre, mi marido y yo. Nos encontramos en Quijorna y estuvo con nosotros todo
el día. Fuimos por las carreteras por las que se evacuaron a los heridos en
la batalla. Visitamos lo que en su día fue el Hospital de Sangre, hoy
convertido en el comedor de un colegio público. Por cierto, la dirección del
colegio, después de algún impedimento inicial, se portó estupendamente con
nosotros: nos enseñaron todas las instalaciones y pudimos deducir como sería
aquello en tiempo de guerra. Afortunadamente hoy en ese edificio solo se oyen
las voces, risas y gritos de los niños jugando. Nada tiene que ver con lo que
en aquella época se oiría: gente gritando de dolor, voces tratando de
organizar y distribuir a los heridos, ambulancias aullando que llegaban sin
parar. Tratando de imaginarme la situación no pude contener las lágrimas.
Allí llevaron a mi abuelo: ¿en que condiciones llegaría?, ¿sufrió mucho?,
¿era él consciente que ya no regresaría a casa?. Era estremecedor. Sentí una
mezcla de sentimientos: por una parte tristeza, pena y rabia por que
ocurrieran estas cosas, y por otra parte sentía tranquilidad, sosiego y paz
por estar allí, donde él estuvo, donde acabó su vida con tan solo 23 años y,
sobre todo, porque en el fondo de mi corazón sentía que él quería que
estuviésemos allí y supiéramos todo lo que pasó. A continuación visitamos el
cementerio del pueblo. Allí nos esperaba el sepulturero que nos recibió
amablemente. Nos enseñó lo que fue el antiguo cementerio en tiempos de guerra
y sus ampliaciones posteriores que abarcaban una zona de casi el triple de
grande de lo que era en 1937. He comentado antes que me parecía un recinto
muy pequeño para albergar tantos cuerpos como cayeron durante la batalla;
pero no hay constancia que fuera de otro modo, al menos así lo quisimos
creer. Mi madre pisó cada metro del antiguo cementerio pensando que en alguno
de esos rincones estaba su padre. Quería sentirse, después de toda la vida,
lo más cerca posible de él y regresó a casa con ese convencimiento. Como era
de esperar, lo de recuperar los restos era algo imposible, ya que sobre los
enterramientos hechos entonces se hicieron otros de gente civil fallecida ya
después de la guerra. Pensamos que no sería ético intentar remover todas las
tumbas para intentar conseguir los restos de mi abuelo. Teníamos suficiente
con lo que habíamos conseguido: era mucho más de lo que jamás hubiéramos
soñado. Finalizamos nuestra estancia en
Brunete y volvimos a casa con la tranquilidad de haber zanjado una cuenta
pendiente con el destino; con la certeza que a partir de entonces nuestro
pensamiento hacia mi abuelo ya no sería una incertidumbre. No tengo forma de expresar mi
agradecimiento a los que habéis hecho posible que esto sucediera. Gracias sería
lo normal para hacerlo pero quiero que sepáis que esta palabra tan simple y
cotidiana encierra un cúmulo de sentimientos que no puedo expresar: Siempre
os llevaremos en nuestro corazón. Maruja,
Carmen y Miguel |
|
||
|
|
|
|
||
|
|
|
|||
|
|
||||